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Rezando con los refugiados en Uganda
01 agosto 2012

Los refugiados ganan algo de dinero vendiendo arroz y otros vegetales que han cultivado fuera del campamento de refugiados en el norte de Uganda. (Servicio Jesuita a Refugiados)
Boston, 1 de agosto de 2012 — Cuando viajábamos a Morobi, en el norte de Uganda, Lodu me informó que Flabius, el director catequista de la aldea, había perdido a su hija. "Probablemente no vendrá al seminario, Padre. Era su única hija".

Pero la tragedia era aún más profunda. Este buen hombre no sólo había perdido a su hija de veintiún años — y a su esposa hacia pocos años — sino también a siete hijos por la guerra y las enfermedades. Esto es lo que ocurre en la selva.

Durante el seminario, Flabius apareció. Él, un hombre delicado, de pelo encanecido, de unos cincuenta años y pequeña estatura, es un hombre a quien la gente respeta por su sabiduría, fruto de años de sufrimiento y de una fe profunda. Fui hacia él y le saludé con un abrazo. Le acerqué su cabeza a mi corazón y le susurré al oído: "Lo siento, hermano mío". Y para mi mismo pensé: Dios mío, tengo a Job entre mis brazos.

Después de la misa, Flabius dijo algo así: No tenía fuerzas para venir a las Plegarias de hoy, pero necesitaba confiar en Dios, venir y darle todo mi dolor, y confiar en que la Palabra de Dios me sanará.

Nos sentamos en silencio durante un largo rato, dejando que la lluvia de sus palabras permeara en la tierra de nuestros corazones. Fue desgarrador. Había siete hombre y dos mujeres en aquella choza, y cada uno tenía su propia versión de la agonía de aquel hombre tan querido. Esto forma parte del panorama de la vida del refugiado.

Gary Smith SJ, ex miembro del Servicio Jesuita a Refugiados en África oriental y austral

Tu reflexión
El Evangelio de la cruz de Cristo nos invita a creer que Dios ama tanto a Flabius y a sus hijos que ha entrado personalmente en su sufrimiento en la carne de Jesús, la carne que murió en la cruz del Calvario. La paradoja de la cruz de Jesús nos dice que Dios entra en la profundidad del sufrimiento de nuestro mundo y lo abraza. Dios es misericordioso y compasivo. Ser misericordioso es tener un corazón que comparte las luchas de Flabius; compasivo significa introducirse en el sufrimiento de Flabius como lo hizo Jesús en la cruz. En Cristo, nuestro Dios misericordioso recoge todas las luchas y sufrimientos del mundo en el corazón del propio Dios.

La compasión de Dios abarca a cada víctima de la injusticia, la enfermedad o la violencia — así como la de cualquier persona que haya traicionado o dañado a otra. Este es el significado de la cruz: donde haya pobreza y heridas, donde haya injusticia o arrogancia humana, Dios ya ha estado allí a través de Cristo en la cruz. Dios está allí en Cristo; abrazando, amando, sanando. Si nosotros podemos creer en la paradoja del mensaje del Evangelio sobre el amor crucificado que Dios siente por personas como Flabius y sus hijos, quizás podamos creer en que hemos sido llamados a trabajar para aliviar su carga.

David Hollenbach SJ, Boston College